El arzobispo Vincenzo Paglia, junto a médicos, presenta la Declaración por el reconocimiento del papel del médico d familia al Papa Francisco

Los médicos de familia, “buenos samaritanos”

Intervención del arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, en la rueda de prensa de presentación de la campaña “Thank you, doctor!” en la Ciudad del Vaticano, el 16 de noviembre de 2024.

Buenos días y gracias a todas y todos por su presencia esta mañana. Gracias al Dr. Filippo Anelli por haber aceptado participar y a SOMOS Community Care por haber iniciado esta iniciativa tan importante.

Esta ocasión de encuentro me parece una excelente manera de subrayar la importancia de la Declaración por el redescubrimiento del médico de familia. Quisiera destacar especialmente dos aspectos del texto: volver a poner en el centro de los sistemas sanitarios la relación médico-paciente y reconocer el trabajo diario de millones de médicos que se dedican a cuidar de los enfermos. Y parece acertado que la Declaración llegue a llamar a los médicos “buenos samaritanos”. Es sin duda un título que les honra, pero sobre todo les hace responsables ante la humanidad necesitada de cuidados.

En una cultura general contaminada por el egoísmo narcisista, proponer algunas consideraciones sobre el vínculo entre el Evangelio, la salud y la enfermedad resulta de lo más oportuno. El Evangelio subraya una y otra vez la obra de curación de Jesús: de los 53 milagros relatados en los Evangelios, nada menos que 30 son milagros de curación. Esto habla por sí solo de la importancia de las curaciones en los relatos evangélicos y, por tanto, entre la primera comunidad cristiana. La curación de los enfermos manifestaba que Dios intervenía en la historia humana. Jesús, a través de las curaciones, sustraía el cuerpo, la vida, el corazón, la psique de los hombres al poder del mal. Era una acción que mostraba inequívocamente la cercanía fuerte y eficaz de Dios. Por eso los Evangelios nunca hablan de resignación ante la enfermedad; y Jesús nunca aceptó las explicaciones más comunes sobre la relación directa entre la enfermedad y el pecado personal.

La enfermedad no es sólo un problema de medicina: es una petición de ayuda, de amor, para que la vida se intensifique alrededor de quienes se sienten heridos y debilitados. Es importante poner de relieve esta dimensión terapéutica de la comunidad cristiana, sobre todo en una sociedad como la actual, que, con sus desequilibrios sociales y sus procesos de marginación, agrava la debilidad ya inherente al ser humano. Los milagros de curaciones, entendidos en sentido amplio, deben empujar a las comunidades cristianas a ser más audaces en su relación con los enfermos, a sentirlos como su parte privilegiada sobre la que prodigar los cuidados. No olvidemos que Jesús confirió su propio poder de curación a los discípulos: “Les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias”.

Hay una enorme necesidad de curación a nuestro alrededor, una enorme demanda de cuidar no sólo de los niños y los ancianos, sino de todo el mundo. Es la enfermedad del ego, la  egolatría, la que necesita ser curada. Y una manera de hacerlo es escuchar, mirar a la persona en su totalidad: el enfermo nunca es su enfermedad. Por eso es crucial la relación directa y apasionada entre el médico y el enfermo. Y en el caso de la enfermedad, recordemos un principio fundamental de la Iglesia: incluso cuando no podemos curar, porque sabemos que el curso de la enfermedad será fatal, siempre podemos cuidar unos de otros.

En este sentido, la Declaración es una importante invitación a recordarnos que cada uno de nosotros es una persona a la que hay que mirar a los ojos y ver en su totalidad. La Madre Teresa de Calcuta tenía razón cuando, hablando de los países occidentales, observaba: “La peor enfermedad de Occidente hoy en día no es la tuberculosis ni la lepra, sino no sentirse amado ni querido, sentirse abandonado. La medicina puede curar las enfermedades del cuerpo, pero la única cura para la soledad, la desesperación y la falta de perspectivas es el amor”.

Permítanme citar el testimonio de un escritor italiano, no creyente, Ennio Flaiano, que tuvo a su hija, Luisa, enferma de una encefalopatía epileptoide, que eventualmente murió. Este escritor había proyectado realizar, en los años sesenta, una película-novela de la que, sin embargo, sólo quedó  un esbozo, en la que imagina a Jesús volviendo a la tierra, molestado por periodistas y fotorreporteros, pero él sólo se preocupaba por los enfermos. En un determinado momento, Flaiano escribe: “Un hombre llevó a su hija enferma a Jesús y le dijo: No quiero que la cures, sino que la ames. Jesús besó a la niña y dijo: En realidad, este hombre ha pedido lo que yo puedo dar de verdad. Y diciendo esto, desapareció en una gloria de luz, dejando que la multitud comentara sus milagros y los periodistas los describieran”.